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    Tsumi

Soba ni Itekure

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Capítulo 7 - "Yondo"

  • 7 abr 2023
  • 9 Min. de lectura

La vuelta a casa nunca había sido tan tensa, aunque con un poco de suerte, los padres de Eru se habrían cansado de esperarle y habrían decidido irse por ahí a “hacer sus cosas de viejo” como él dice siempre.


Al llegar no escucha ningún ruido, y que la luz del salón siguiese encendida tampoco le alarma mucho, es algo a lo que su madre no se acostumbra nunca y siempre deja encendida.


Sin embargo al entrar por la puerta y darse la vuelta para huir veloz a su cuarto, se encuentra con la peor cara que podría y desearía ver.



Ahí estaba su padre con una cara peor que la mierda en posición amenazante, y lo único que se escucha es su respiración y el tintineo de la taza de té que sostiene su madre, sentada en silencio en el sofá mirando al frente.


Eru siente cómo deja de respirar por un segundo y se queda casi sin habla, hasta que un momento de lucidez le hace abrir la boca, quizá para soltar lo que él sabe que es una tontería, pero en ese momento le parece lo mejor para huir de la situación.


- Bueeeeeeno… Me voy a dormir, adiós.


Se cruza entre los dos a paso ligero con cara de circunstancias, igual si no los mira, ellos no le ven a él.


Pero ni de coña.


Una mano grande y cálida le agarra fuerte del brazo y le hace frenar en seco.


Mierda


- ¿Mierda? ¿Eso es lo único que se te ocurre pensar después de haber desaparecido así toda la noche y no contestar ni llamadas ni mensajes? No sé para qué quieres un teléfono de esos, dámelo, no lo necesitas.


- ¡Déjame en paz! - Quita su brazo de un tirón y le da la espalda. - ¿Para qué quieres que diga nada si nunca me haces caso? Paso de perder mi tiempo hablando contigo.


Ernelis intenta calmarse, y esta vez mira a Eru con un gesto más calmado, aunque sus nervios están al límite.


- Estábamos preocupados, ¿O es que no entiendes eso? - Intenta ir por el camino fácil. - Tu Ammë (madre) ha estado a punto de salir a buscarte.


- ¿Estás de coña, no? O sea, que podéis saber lo que pienso a cada segundo y estábais preocupados porque no sabíais dónde estaba. Ya, claro. Prueba otra cosa, viejo. - Mira a otro lado, su padre aun cree que es idiota o algo.


Resopla aburrido, en realidad tiene un sueño que se muere y no le apetece nada estar ahí. Los sentimientos por sus padres no es que fueran muy fuertes, más bien le dan un poco igual, pero con su padre era una relación distante y algo odiosa… Aunque nunca recuerda cómo llegó a pasar sabe que no le tiene ningún cariño ni aprecio.



- Te lo diré otra vez y no lo pienso repetir. Dame el teléfono ese, no lo necesitas. Has ignorado el castigo de tu Ammë y has seguido haciendo lo que te ha dado la gana. Me da igual si has ido a ver a tu indis (novia) o lo que sea que tengas con esa niña. Te vendrás conmigo todas las mañanas a practicar. Seguro que no has usado el arco desde que llegamos a este… Pueblo. Y como sé que no te gusta será tu castigo, a ver si así aprendes disciplina de una vez.


- No pienso ir contigo a ninguna parte, no te creas tan importante para mi. Me da igual que te enfades. - Y lo dice muy en serio.


Le basta con eso para acabar con la paciencia y la tranquilidad de su padre, que bastante ha aguantado ya las protestas de Eru.


- ¡Pues si vas a vivir como te da la gana sin acatar las normas te vas fuera de esta casa! - Levanta la voz, a la mierda el pacifismo.

- ¿Qué dices, Atar (padre)? No puedes echarme, no estamos en la aldea.

- Precisamente eso es lo que pasa. Si siguiéramos allí esto no pasaría porque este mundo te ha revuelto la mente. Los humanos, sus tecnologías y esa niña con la que crees que sales. No sé qué ves en un ser tan poco preocupado por sus obligaciones y tan irresponsable como tú.


Que su padre hable de Uroko de cualquier manera le altera. No sé quién se cree para ni siquiera nombrarla de esa manera tan despectiva. Puede meterse lo que quiera con él, pero con ella no se lo iba a permitir.


- No vuelvas a hablar de Uroko, viejo. - Le amenaza con el dedo sin darse cuenta, tenso y bastante cabreado, elevando el tono de voz y haciendo burla. - En la aldea serás el único explorador y al que todos admiran pero aquí no, ¡Ya me jodería que en tu propio hogar ni tu hijo te respete, porque no eres NAAAADIE!


- REPÍTELO.


Ernelis pierde el control y con fuerza agarra el cuello de su hijo y lo lleva hasta la pared. Eru se asusta de tal manera que se le corta la respiración de golpe, y siente la fuerza de la mano de su padre presionándole.


- Suelta… - Dice con un hilo de voz. Le aprieta tanto que apenas puede hablar.


- ¡BASTA YA! - Niniel reacciona de una vez al ver a su hijo en esa situación. Al parecer la taza de té ya no era tan importante para ella y algo le hizo levantarse hasta ellos para intentar parar la discusión, que ya se había convertido en pelea.


Eru no puede articular palabra y se queda congelado en el sitio, sintiendo como cada vez entra menos aire a sus pulmones. Le sujetaba tan fuerte que se le empezaban a agotar las reservas de oxígeno.


- Niniel, vete de aquí. - Sin mirarla, Ernelis echa a su esposa del salón, y ella tan obediente sale de allí a quién sabe dónde, sin poner resistencia a las insistentes palabras del elfo, que seguía centrado en no quitar la mirada de los ojos acojonados de su hijo.


En cuando la elfa desaparece de la estancia la mano de Ernelis se relaja y suelta a Eru, y este le mira aun con la misma cara de susto, aunque más aliviado por poder volver a sentir el aire entrando en su cuerpo.


- Mira, Yondo (hijo). Ya sabes lo que pasa cuando algo no sale como tu Atar quiere, así que vas a obedecer a lo que yo te diga como has hecho siempre. - De repente suena más calmado, pero firme y autoritario.


Eru mira al suelo, se siente abrumado con la situación y esta vez no está tan seguro como siempre está cuando sale de cualquier discusión con ellos. Esta ha sido diferente, y le invade un sentimiento desconocido de repente. Ni siquiera responde, no sabe qué decir. Hasta se ha quedado sin ingenio y sin ganas de moverse.


- ¿Qué pasa, ya no quieres hablar? ¿O has perdido la valentía y ese tono vacilón que traías de la calle? Bueno, algo es algo.


- Espero que hayas aprendido que aquí, en la aldea y en todas partes sigo siendo al que tienes que obedecer. - Se vuelve a acercar a él en una postura de amenaza, pero ya no grita, aunque en realidad no le hace falta para seguir teniendo atemorizado a su hijo. - Y si aun no te ha quedado claro siempre podemos volver a la aldea y hacer una visita a La Dama del Bosque a Palacio, ¿Te acuerdas? Nunca es tarde para volver a intentarlo.


Palacio… La Dama del Bosque… Intentarlo otra vez.


No sabe de qué coño habla su padre, pero Eru siente un escalofrío desde los pies hasta la nuca y un terror que nunca había sentido antes, o por lo menos desde hace mucho tiempo. Lo que le inquieta de verdad es que no sabe por qué, de hecho la aldea es algo lejano para él aunque no hubiera pasado tanto tiempo desde que llegaron a Glimmerbrook, pero al no gustarle nunca vivir allí lo ha dejado demasiado atrás, y quizá su cerebro lo haya querido borrar de su mente.


Inconscientemente sus pies dan dos pasos hacia atrás huyendo, en un momento de distracción de su padre, de la pared donde estaba atrapado desde hacía ya unos interminables y tensos minutos. Niega con la cabeza mirando la cara de ira de su padre queriendo salir por patas de una vez, pero siente alivio.


Portal blanco.


No le da tiempo a reaccionar cuando esta puerta mágica le absorbe hacia su interior alejándole de su casa y de su querido padre. Por un momento, al fin, siente que se libera.

-----------


El portal mágico le expulsa sobre un suelo de piedra musgoso y cálido de una manera un tanto agresiva, dándose de bruces contra ello, y salir tan aturdido de allí no le da opción a reconocer dónde está aunque algo le dice que no tenga miedo. Ya no.


- ¿Estás bien, Nairel? Cuánto tiempo sin verte, como no tienes tiempo de venir a hacerme una visita he tenido que traerte yo a la fuerza.


La voz pacífica que le habla desde arriba se le hace tan familiar que reacciona al momento y se levanta de un salto.


- ¡ABUELO!


- Deja que busque… Ahh... Sí, aquí está. - El abuelo se enciende un cigarro… O lo que parece ser un cigarro, y mira a Eru sonriendo de forma calmada.


El olor del jardín del viejo es cuanto menos peculiar, pero a Eru no le pilla de sorpresa para nada, más bien se siente afortunado de tenerle en la familia y de poder volver a verle después de tanto tiempo.


- ¿Cómo has sabido que…?

- La familia es sagrada, pequeño. Aunque siempre hay malas hierbas que pudren el jardín, o moscas de la mierda, te dejo elegir el término.


- Supongo que sabes lo que ha pasado. No quiero volver a esa casa. No le soporto, es un déspota y por alguna razón no siento nada de estima por él. Ni siquiera creo que sea mi padre, y mi madre hace como si nada pasara.


- Bueno, no te preocupes por eso. Tengo hueco para ti y para tres más como tú en esta casa.


Le sonríe, echando humo por la nariz como algo natural en él.


- ¿En serio? - Joder, el abuelo es su puta salvación.


Siente alivio de golpe y de manera involuntaria se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja en la cara. De pensar en no saber dónde meterse a tener un techo en cuestión de minutos.


- Claro. Mira esta casa, Nairel. Sólo la ocupamos Aristófanes y yo y nos sobra casa por todos lados. Igual ya va siendo hora que tenga algo de compañía. Hablar sólo con ese gato capullo me está volviendo loco. Ven, sentémonos. Estoy cansado de no hacer nada, pero como soy un viejo tengo excusa.


Claro, y no será por los porros…


Eru camina detrás de su abuelo y le invita a sentarse en unas hamacas situadas bajo un árbol. Tan poco tarda en plantar el culo en el mueble, un gato extraño de color azul y ojos de zombie se abalanza sobre él y le maúlla fuerte en la cara.


- ¡Aristófanes! - Llevaba años sin ver al gato de su abuelo, y aunque nunca se ha llevado espectacularmente con él, hoy se alegra mucho de verle.


- Parece que se alegra de verte.


El gato se tumba boca arriba sobre Eru pidiendo jugar, literalmente.


- Ah, Nairel. Creo que se me ha olvidado decirte las condiciones que te pongo si quieres quedarte en mi casa.

- ¿Qué condiciones? - Le mira desconfiado, eso sí que no se lo esperaba.


- Serás el encargado de cuidar a Aristófanes. Vamos, no te asustes, es un gato muy listo ya lo ves. Sólo estoy harto de cambiar su arena y de llenarle el comedero de "crispis".


Eru asiente, esa es fácil y para nada le resulta una molestia, pero se le queda mirando porque él también lo hace, con una sonrisa inquietante, además.


- Y la otra condición es que quiero que traigas a Usagi aquí, la quiero conocer… ¿La llamas así, no? Usagi. Sí, Usagi.


Lo piensa un momento, y para qué se va a preguntar el por qué su abuelo sabe de la existencia de Uroko. Seguro que le ha estado cotilleando todo el rato y lo sabe todo.


Eru se levanta detrás de su abuelo y le da un abrazo fuerte, y no dice nada durante un rato. El abuelo, como le va eso de paz y amor, disfruta cada segundo de ese abrazo y si es de su nieto más aún.


- Gracias yayo. - No tiene nada más que decir e incluso es más fácil así. A veces es guay que puedan leer tu mente y saber lo que sientes y piensas sobre alguien, y eso es mejor que intentar explicarlo con palabras. Más puro y más sincero.


- ¿Podrías ir a por mis cosas a casa? No quiero volver a…

- Descuida, me ocuparé de todo. Ahora sólo preocúpate de darle de cenar a Aristófanes y de hablar con Usagi para que venga a pasar el fin de semana, si quiere claro.


Asiente sin decir nada y otra vez vuelve a sentirse liberado.

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El abuelo regresa al caer el sol de recoger todas las cosas de Eru, que duerme como un puto oso en una de las habitaciones de la planta superior de la casa. No le despierta, tan solo deja sus cosas tras la puerta y regresa al jardín.


La situación no le da ni ganas de fumarse otro porro, quizá luego, pero ahora lo descarta y no deja de pensar en todo. Ha tenido una discusión con Ernelis y su hija Niniel y no ve un buen final para todo esto. Ya no.


El elfo mira al cielo y suspira, pensativo.


- Querida Isil, quizá todo llegue antes de lo que predijiste, lo veo demasiado cerca y ese malnacido ha acelerado el proceso. Te prometí que lo sostendría todo el tiempo que pudiese pero no sé si seré capaz de cumplir la promesa. Quién sabe. Supongo que el tiempo nos lo dirá, más pronto que tarde.














 
 
 

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